DIARIO MEDICO
27 marzo 2001
Loreto González

JOAQUIN NAVARRO VALLS, A CORAZÓN ABIERTO
Es uno de los laicos más envidiados en el entramado de la jerarquía católica, pero no olvida su vocación de médico

NO PUEDO DEJAR DE SENTIRME MÉDICO”
Aunque su posición como jefe de la Sala Stampa, la sala de prensa del Vaticano, le obliga a ser correcto y acertado en sus actuaciones las 24 horas del día, Joaquín Navarro Valls con los pies en la tierra, sigue demostrando su carácter humano y sencillo, cordial y simpático, como lo definen sus amigos.

¿De qué tiene vocación, de médico o de periodista?
-La Medicina marca de modo indeleble; a menudo da una forma mental que persiste aun en otras tareas. Siento una gran nostalgia por mi primer amor profesional. Prefiero ver una cierta forma de compatibilidad entre ambas ocupaciones.

En el Vaticano no ejerce de médico, pero empezó estudiando medicina. ¿Echa de menos tener más tiempo para ponerse al día en temas médicos?
-Por supuesto. Trabajé años como médico, pero ahora me queda sólo tiempo para alguna actualización en farmacología o en diagnóstica instrumental. Procuro, sin embargo, seguir las grandes líneas de la medicina de hoy. Internet es una gran ayuda.

¿Qué recuerda de sus años de estudiante en Granada y Barcelona?

-Fueron dos etapas diversas de una misma actividad. Conservo amigos tanto de Granada
como de Barcelona. Y gracias a la inestimable colaboración de un compañero, me
mantengo en contacto con los colegas de aquella promoción del 61 en la que me formé. De
Barcelona recuerdo con agradecimiento a los profesores Soriano en Patología Médica, Piulachs en Quirúrgica, Cabot en Ortopedia y Sarró en Psiquiatría.

A mi regreso a Granada, trabajé con el profesor Julio Peláez, catedrático de Medicina Interna, primero como alumno interno y luego como médico. Y debo también citar al profesor Rojas, con quien me inicié en Psiquiatría. Y al profesor Escolar, que enseñaba una Anatomía extraordinaria paradójicamente humanista.

Durante la carrera, ¿recuerda alguna asignatura que se le atragantase o alguna con la que disfrutase más?
-Recibí un aviso con las Matemáticas en el curso selectivo que había entonces. Fue la única asignatura que suspendí de la carrera y eso me ayudó mucho. Luego me pareció que todo era fácil. Disfruté enormemente con la Clínica Médica que estudié en Barcelona con el profesor Soriano, y con la Quirúrgica, que enseñaba el profesor Piulachs. Recuerdo también con entusiasmo la Anatomía que nos enseñaba en Granada el profesor Escolar: era una anatomía viva, humana, que continuamente se preguntaba por la función y hasta por el sentido.

¿Qué es lo que más le gusta de la Medicina?
-La unión entre la teoría y la praxis. La Medicina se funda en una teoría bastante consistente, pero exige constantemente una verificación tanto en la investigación como en la práctica clínica. Se puede, y se debe, teorizar sobre el ser humano, pero luego el dolor, los límites que toda enfermedad impone a los proyectos personales, dan un toque de realismo a las ideas. La enfermedad, propia o ajena, enseña mucho. Empecé con la especialidad en Clínica Médica. Luego llegué a la Psiquiatría.

¿Cuántos años ejerció como médico?
-Unos catorce. Entonces, mi ejercicio comenzó a disminuir progresivamente, aunque siempre he procurado dedicar algo de tiempo a la lectura de actualización.

¿Ha dejado alguna vez de sentirse médico?
-No, no puedo dejar de sentirme médico. Me hubiera gustado continuar como tal, pero no me quejo de mi actividad profesional actual, que me parece extraordinaria.

¿Qué recuerdos tiene de su infancia? ¿Surgió entonces su vocación médica?
-Mi padre nos transmitió un gran sentido del humor y una pasión por el mar: navegación, pesca… También de eso he tenido que prescindir ahora. En cuanto al origen de mi vocación, eso es para mí un poco oscuro. Mi familia tenía una larga tradición de ciencia jurídica: magistrados, abogados, etc. Recuerdo que se empezó a despertar en mí una gran curiosidad por el ser humano concreto: cómo funciona, por qué enferma, qué es la muerte… Me pareció lógico entonces que la facultad de Medicina era mi paso sucesivo.

La idea de estudiar Periodismo después, ¿de dónde partió?
-De una pregunta ligada a la Psiquiatría: ¿en qué modo influyen los mensajes de la comunicación masiva -prensa, televisión, publicidad- en la configuración de las actitudes básicas de la persona?

Lleva 50 años en el Opus Dei y 17 al servicio del Papa. ¿Qué balance hace de todo este tiempo?
-Conocí el Opus Dei en la facultad de Medicina, poco tiempo antes de terminar la carrera. En él vi el itinerario particular, dentro de la geografía católica, en el que estaba mi lugar. Algo así, aunque en otro plano, a lo que se vive cuando uno descubre -a lo mejor sin buscarla- la propia vocación profesional. En 1984, mientras había sido elegido presidente de la Asociación Extranjera de Periodistas en Roma, y valorando la posibilidad de regresar del Periodismo a la Medicina, y de Italia a España, con gran sorpresa por mi parte, me preguntaron del Vaticano si aceptaba el nombramiento de director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Me di cuenta de que eso significaba, entre otras cosas, decir adiós a mi vuelta a la Medicina. Lo que he vivido desde entonces es rebelde a un balance: son demasiadas cosas y demasiado importantes. No cambiaría nada.

Su condición de médico, ¿le ha ayudado en su trabajo en el Vaticano?
-Creo que una profesión universitaria, independientemente de cuál sea, sirve siempre aunque se trabaje en algo distinto a lo que hay escrito en el título de las licenciaturas. Quizás lo más valioso de la universidad es que confiere ciertas metodologías y hábitos mentales que luego se aplican a múltiples actividades.

Su posición privilegiada le permite estar perfectamente informado. ¿Cómo ve la situación de la Medicina hoy en día?
-Es una situación paradójica. La Medicina tuvo siempre una pretensión humanística y hoy, a menudo, parece ver una carencia de base antropológica. En esto, desde luego, está en sintonía con el zeitgeist -el espíritu de la época, como dirían los alemanes- que es el propio de una época postmetafísica. Se corre el riesgo de saber todo sobre un hombre del que no se sabe quién es. Y no es sólo consecuencia de la superespecialización en medicina. Es más bien que se ha aceptado sin sentido crítico el aparato conceptual y terminológico elaborado por diversos saberes cuantitativos, y se está utilizando para referirse a una realidad cualitativamente tan distinta como es el ser humano, sano o enfermo. Es un error de metodología enorme.

Y el futuro de la Medicina, ¿hacia dónde se dirige?
-Esto es más difícil de prever. Por una parte, hay la tendencia a aceptar ciertos determinismos implícitos, por ejemplo, en algunos proyectos de biología molecular y de ingeniería genética. Por otra, hay una voluntad de diálogo intelectual riguroso con otras ciencias del hombre: filosofía, antropología, ética. El problema es que falta una síntesis entre datos empíricos y reflexión metafísica. Espero que, de un día a otro, aparezca un libro como el que escribió en los años cincuenta el Novel Alexis Carrel y con un título análogo al suyo: “L’ homme, cet unconnu”. Sería un timbre de alarma muy saludable.

En su opinión, ¿cuál es la situación actual en el campo de la bioética y de las ciencias humanas?
-Es, a la vez, una situación de penuria y de gran creatividad. Penuria porque hay una aceleración en las técnicas de laboratorio relacionadas con la vida humana y falta la reflexión ética previa que permitiría convalidarlas. Pero al mismo tiempo hay gran creatividad por la necesidad que se siente en completar esa reflexión. Los gobiernos y los parlamentos están en una situación incómoda porque se les pide una legislación sobre algunos de esos nuevos temas que no pueden ser resueltos con fórmulas pasadas. De la ciencia no puede salir más que el dato positivo, experimental, que, por su propia naturaleza, permanece mudo ante la pregunta ética. De nuevo, el problema de base es antropológico: quien trabaja en temas relacionados con el hombre ha de tener una idea de quién es el hombre.

Su vida y su trayectoria, ¿son resultado del azar, de un proyecto, de una ilusión?
-No creo en el azar; me resultaría demasiado difícil. ¿De un proyecto? No, hay cosas que no se pueden programar. ¿De una ilusión? No, las ilusiones están demasiado peligrosamente próximas a los estados de ánimo. ¿Recuerda aquel poema de Machado que dice: “Nadie elige su propio amor…”? Parece una contradicción que el acto más libre del ser humano, el amor, parezca no elegible. Y sin embargo, en la vida a veces aparecen trayectorias no buscadas que, al hacerse visibles, son reconocidas como el “propio amor” que diría Machado. Es decir, como aquello que se buscaba o, al menos, se habría buscado. Son aquellos aspectos de la propia dedicación que nunca se habían programado y, sin embargo, coinciden plenamente con la propia disposición.

Le definen como una persona culta, conservadora, brillante, conocedora de muchos idiomas…
-Cuando se hace este tipo de trabajo es inevitable que aparezcan valoraciones y juicios en la prensa. Tanto si son positivos como si son negativos, procuro no dejarme influir por ellos. Y esto, por simple sentido común: nada de lo que digan de uno añade o disminuye algo a lo que se es. Además, esas apreciaciones son siempre muy relativas. Por ejemplo, esa cualificación de conservador: en realidad son poquísimas las cosas de hoy que me gustaría conservar para mañana. Ciertamente, me gustaría conservar la sensibilidad vivísima hacia el tema de los derechos humanos.

Un médico entre los poderosos
Navarro Valls llegó a Roma como corresponsal de ABC. Con el cambio de Papa, llegó el cambio en su vida. Entonces, le dieron tan sólo 24 horas para decidir si quería convertirse en el primer laico que cogía los mandos de la Sala Stampa, la sala de prensa del Vaticano. Fiel a sus creencias, aceptó. Pero sus comienzos estaban muy alejados del Vaticano. Inició sus estudios en la facultad de Medicina, en Granada, movido por una profunda curiosidad por el ser humano. Su espíritu y sensibilidad de artista y algo bohemio le movió entonces a formar parte del grupo de teatro de la universidad. Sin embargo, lo que resulta más difícil de hilar en esta trayectoria es su dedicación al Periodismo. Y aunque se niega a afirmar que ha colgado la bata de forma definitiva, lo cierto es que la Medicina perdió a un gran humanista y psiquiatra. Tal debió ser su “pérdida” que incluso el ya desaparecido Profesor Julio Peláez, uno de sus grandes maestros, osó escribir una carta en la que pedía que Navarro Valls no abandonara la profesión médica porque, en tal caso, se dejaría marchar a un gran médico.

Entre sus aficiones destaca el tenis y la música clásica. Además, disfruta leyendo filosofía, y dedicando los fines de semana a reencontrarse con su amada vocación: la medicina. Su vida no es resultado del azar ni de un proyecto. Lo que está claro es que su educación, su saber estar, sus tablas periodísticas y su eterna dedicación a sus tres grandes amores le han colocado en un lugar privilegiado, siendo uno de los hombres mejor informados del mundo y uno de los laicos con más poder en el Vaticano. Ahora sólo queda saber cuál será su futuro cuando Karol Wojtyla toque a su fin, aunque hay quien dice que el propio Papa se está encargando de buscarle un puesto a su más fiel portavoz.